
El estatal, por definición, jamás consume primeras marcas de alimentos. Es más, en numerosas oportunidades se encuentra a sí mismo preguntándose cosas como: "¿Desde cuándo Agnú es marca de saquitos de té?", o bien "juraría que nunca había visto Leche en Polvo Gingeré antes".
Es que el empleado público, desde el primer día que pone su vida al servicio del Estado, se vuelve preso de compras desactualizadas, precarizadas y de bienes obsoletos que el 96 por ciento de la Población Económicamente Activa de la Argentina eligió no consumir o la Organización Mundial de la Salud recomendó evitar.
Tras bambalinas, el Todopoderoso que digita las compras de alimentos y otros productos de consumo personal, devenido en una eterna reedición de la Caja PAN, normalmente no es otro que una señora mayor -muy mayor- (sospechosamente mayor) cuya cultura permanece aferrada a una idiosincracia que apuesta a la austeridad como forma de ahorro preventivo en caso de guerras mundiales o nucleares que obliguen esconderse en búnkers ad eternum y/o la explosión de una guerra de guerrillas encabezada por Rojos con intenciones de someternos al trabajo esclavo más ruin y despiadado alegando "equidad social".
Así es que en la mesita auxiliar -archivero de metal, ex escritorio y/o caja de Comodre 64- que todo empleado público posee en su oficina, nunca faltarán alimentos no perecederos como leche en polvo, azúcar -kilos de azúcar!-, mate cocido, polvo "al gusto de café" cuyo isologotipo es inpronunciable para cualquier cristiano de habla hispana y, en las dependencias más generosas, galletas marineras en sobres de a dos unidades (2) que ostentan su fecha de vencimiento en el 2017.
No obstante, curiosamente, al segundo o tercer día que llegan los insumos para abastecer la dichosa mesita, cada quien se acopiará de cantidades industriales de estos productos a sabiendas de que claramente no los necesita ni realmente los desea. Ojo, este ya clásico "me llevo un par para casa" también se hace extensivo a otra clase de elementos como resaltadores, biromes, resmas de papel, sillas, teléfonos, pantallas para pc y -los más obscenos- escritorios y otros mobiliarios de oficina. Por esto, el estatal está destinado a ser un eterno desabastecido.
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