viernes, 20 de noviembre de 2009

La columna del Municipal I


Hoy me vi obligada a participar aquí, a traerles un poco de mi experiencia Municipal. Vivencias tan hermanas, tan familiares a las del estatal!
Voy a relatarles una experiencia personal y particular, pero creo que va a ayudar a definir un poco que clase de fauna es la municipal.
Tuve la oportunidad de conocer una de las dependencias más municipales que jamás haya imaginado.
Dicho área se titula "Festejos", dependiente de la Dirección General de Relaciones Institucionales, Protocolo y Ceremonial. Porque una de las características de la municipalidad es que nunca es tan simple acceder a algo, sino que para llegar al lugar deseado hay que atravesar múltiples barreras burocráticas. Además de las barreras tecnológicas, por Ej. no tener una computadora donde funcione bien internet (o intranet en nuestro caso!) para comunicarse de forma más simple con el mundo.
Pero lo logré esta vez! Llegué donde quería.
Coordino mi cita, tras múltiples llamados, espera a que llegara la nota correspondiente con el pedido, etc., etc.
Llego al lugar en cuestión, y ya desde la entrada misma todo pareció pertenecer a otra dimensión. Un lugar despoblado en principio, sin nadie a quien consultar una orientación.
Me adentre, de forma atrevida. Camino, camino, cuando doblo en una esquina, pum! descubro todo un mundo.
Galpones inmensos, inmensossssss (ubicados en el corazón de la zona de Facultad de Medicina, para que se hagan una imagen de lo que sucedía puertas afuera), casi en un acto de impunidad entro a uno de estos, preguntando dónde podía encontrar el "Área Electrotécnica". Hombres, hombres, hombres y más hombres, todos sentados al rededor del bendito mate, infusión oficial. Me miran, pero no me registran. Uno de ellos se digna a dejar de lado su conversación, y tras mirarme de arriba a bajo, me pregunta: "a que venís vos?". Ahí todos enmudecieron y posaron sus miradas en mí.
Le explico, que tengo aprobado un préstamo de reflectores, le digo el nº de orden del pedido, con quién coordine la cita, que material es el que necesito, etc., etc. Le ofrecí de manera desbordada una cantidad de información improcesable para los seres que me miraban.
El señor se paró, caminó hasta el umbral de una puerta que unía con el galpón siguiente, y sin ningún tipo de pudor gritó: "Pepeeeeeee, acá hay una chica que te busca". Acto seguido me indicó que fuera hacia el otro galpón donde iba a ser atendida por Pepe.
Me encuentro con Pepe, le vuelvo a explicar exactamente lo mismo que antes. Él me mira, espera a que termine, se aleja, camina hacia el umbral antes citado, y le habla a los hombres anteriores, les dice: "a mi nadie me aviso de esto", y uno de ellos le contesta: "Ssisis, habían avisado que venían a buscar los reflectores".
Esto mal predispuso a Pepe, que de ahí en más, no me volvió a hablar. Le pidió a otros que lo ayudaron a armar el pedido que yo venia buscar, porque él tenia que armar la ficha de salida (dícese de un papel en el que se describe qué te llevas, quién es el que se lo lleva, cuándo lo devolvés, toda esa información simplemente la completas en unos casilleros que ya están definidos previamente). Bueno, dos o tres jóvenes se levantan, comienzan a buscar las cosas, van, vienen, revuelven, etc. Hasta que acercan los objetos en cuestión.
Los colocan frente a mí. Cuatro reflectores de 1000 watts, con un cable pequeño Y SIN ENCHUFE!!!! Es decir, con los cables pelados!
Pregunto, inocentemente, “¿ahora le ponen los enchufes?”, a lo que Pepe responde, casi revanchista: "No, no, nosotros no tenemos enchufes, eso lo tienen que poner Uds., nosotros les entregamos las cosas así".... Me sentí casi encolerizada, porque habiendo hablado con gente de la dependencia antes de ir, nunca habían comentado nada al respecto.
Se acerca entonces otro señor, quien en la ronda de mate parecía tener un rol más destacado. Se presenta, y me dice que él es el Encargado del Área, me cuenta tres anécdotas de gente que fue a buscar cosas allí sin las previas notas burocráticas, una de esas “anedas” me la empalma con un dicho acerca de “las tetas de la chancha y los chanchitos”, que no pude seguir atentamente, para finalizar diciéndome que mi problema era que yo no había hablado con la gente indicada, sino que había hablado con simples empleados administrativos.
Después de agradecerle sus consejos, reprimiendo mi odio interior, agarre de a uno los reflectores, mientras esta horda de hombres tomadores de mate mi miraban una vez más, los subí al auto y me aleje...
Los dejo entonces, tras mi primera incursión en la columna del Muni amigo!

sábado, 14 de noviembre de 2009

Se rompe, se rompe, pero no se dobla


Sólo dieciocho horas. Dieciocho malditas horas con sus estúpidos minutos y sus sádicos y escasos segundos. Eso, no más, fue lo que duró sin romperse el identificador de huellas dactilares -otrora reedición de máquina lectora de código de barras para productos que aplicada al empleado público no hace más que confirmar su condición de objeto inanimado- que compraron en esta dependencia para fichar el horario de entrada y salida de los empleados que allí cumplimos a diario nuestro jornal.

Como si se tratara de un agujero negro, de un triángulo de las bermudas clase B, todo insumo nuevo que apueste a un cambio, renovación o mejoría de la oficina será automáticamente saboteado por alguna fuerza extraña e inexplicable que logrará averiarlo ridículamente en un lapso de tiempo inverosímil y obsceno. Todo lo que ingrese, no tardará más que algunas horas en romperse y dejar de servir por la más absoluta eternidad.

Tal vez sea por el descuido sistemático de los empleados públicos, que carecen de todo tipo de respeto por el material de trabajo ("Total, no es mio"; "Yo no lo pago", etc.), o simplemente se deba a un hecho lógico y proporcional entre el nuevo insumo en cuestión y la cantidad de personas que pretenden usufructuarlo (una dependencia pública siempre tiene más empleados de los que necesita y de los que, sanamente, podría albergar en su seno).

Y de más está decir que aquel artefacto que presenta un desperfecto está destinado, irremediablemente, a permanecer eternamente como un depositario de polvo sin que nadie vuelva siquiera a intentar hacerlo funcionar (Ver post al respecto).

Tal es así que nuestro identificador de huellas dactilares ahora adorna la pared de entrada a mi oficina, mientras la persona apostada en la puerta de ingreso se hace a la idea de que deberá seguir completando, de su puño y letra, y por no menos de 25 años más, el horario de llegada y salida de cada empleado estatal mientras añora, con angustia y recelo, aquellos dieciocho gloriosos minutos en los que pudo sentirse parte del progreso.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Llegaron los pitufos,,,


Laburar en el estado te permite presenciar eventualidades de todo tipo: cismos, roturas de cualquier índole, derrumbes, inundaciones, plagas… y también, porque no, golpizas…

Hoy en “La vida estatal” presentamos: EL ARQUITECTO VS. EL AREA TÉCNICA

Una tarde calurosa de noviembre, donde todo está en calma de repente corta el sopor de la siesta estatal un grito, bien visceral… “HIJO DE PUTA TE VOY A MATAR!!!!!!”. El orador: un joven del área técnica.
El destinatario: un arquitecto a cargo de la reforma de cierta repartición pública.
El motivo del epíteto: desconocido para el agente que suscribe.
El desenlace dramático: un joven tratando de ponerle un palazo a un señor, algún personal de seguridad atónito/inútil en sus intentos de prevenirlo, una secretaria comedida que interviene para separarlos, dos o tres representantes gremiales que interceden también y mucho, mucho empleado estatal que, mate en mano, se junta en la balconada para mover la cabeza en señal de preocupación y encontrar en este incidente un motivo para desperdiciar el resto de su jornal formulando hipótesis, opiniones, justificativos y teorías varias que no persiguen otro objetivo mejor que el de “rascarse” el resto de la tarde, hipnotizados por el episodio digno de dos “vedetongas” en decadencia.
La resolución del conflicto: llegada de los azulinos “defensores” del bien público, quienes han sido convocados al mitin por el arquitecto agraviado.
Es que, en el estado, hasta las grescas se deslucen.... Porque, vamos, en el fondo, cagarse a trompadas invoca un gasto energético que el estatal no esta dispuesto a hacer, no?

viernes, 6 de noviembre de 2009

El estatal te fuma II

::Lotilandia:: dice:
no sabessssss lo que me acaba de pasar
en el marco d la estatalidad todo te puede sucederrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr
Paloma dice:
que????????????
seeeee
que? que?
::Lotilandia:: dice:
ME LLAMO EL PAPÁ DE UNA ALUMNA QUE ESTA INVITADA A MAR DEL PLATA PARA PREGUNTARME CON QUIEN IBA A COMPARTIR HABITACION LA NENAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
ME ROBO 13 MINUTOS DE MI VIDA
ME SECO EL CEREBRO
Paloma dice:
nooooooooooooooooooooooooooooooo
Paloma dice:
jajajajajaJAJAJAJAAJA}
::Lotilandia:: dice:
A MI ADEMASSSSSSSSSSS
Paloma dice:
ME MUEROOOOO
::Lotilandia:: dice:
JUSTO A MIIIIIIIIIIIIIIIIIII
Paloma dice:
NO NO NO NO NO NO
::Lotilandia:: dice:
QUE SOY MUY GUARANGAAAAAAAAAAAAAAAAAA
"TE VAN A GARCHAR A LA NENA, DALO POR HECHO"
Paloma dice:
claaaa
jajajajajaja
que huevon!
cuantos años la piba?
::Lotilandia:: dice:
UN PE-LO-TU-DO
19
"SEÑOR, SU HIJA NO FUE A BARILOCHE???"
ESO LE PREGUNTE
Paloma dice:
hhaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
me rio con ruido
::Lotilandia:: dice:
JAJAJAJAJJAJAA
::Lotilandia:: dice:
ES QUE ME ACABA DE PASARRRRRRRRRRRR
::Lotilandia:: dice:
Y NO ME ENTRA EN LA BOCHA
ME FISURA ME FISURA ME FISURA ME FISURA
Paloma dice:
noooo es acsurdoooo
fisuralaaaaaaaaaaaaaaa
::Lotilandia:: dice:
QUIERO FUMARME UNA PALMERAAAAAAAAAAA

jueves, 5 de noviembre de 2009

Por qué no una escapadita...


En época vacacional o fin de semana largo, es muy habitual encontrarse con personal estatal –solos o en sendos grupos familiares- que, a dispensas de los descuentos y maravillosas oportunidades que ofrece la mutual sindical, se pasean - haciendo gala de una falsa sensación de alegría- por destinos desagradables, impopulares e incuestionablemente horrendos, a los que deciden ir únicamente por su carácter de "barato e imperdible", según reza el cartel que los promociona en la vieja y agujereada cartelera.

Así es como, hordas de personas desalineadas, mal vestidas y secas por dentro, ávidas de sacar provecho de cuanto descuento se tope en su camino, comparten piletas municipales, termas de agua estanca y microorganismos de procedencias inclasificables, parrillas oxidadas, canchitas de papi fútbol y micros de media distancia desvencijados que enmarcan una escapada carente de cualquier atisbo de comodidad o encanto cuyo único norte es no perderse “una oportunidad única a un precio de locos”.

Y de esta manera es que, enceguecido por el descuento, el estatal termina hospedándose en hoteles infectos, rodeados de alimañas ya extintas en otros países limítrofes, cuya única prestación es agua caliente de 12 a 19 y servicio de mate cocido libre.

De este modo, Las toninas, Mar de Ajó, Santa Teresa y Alejandro Petión encabezan los destinos predilectos del estatal para pasar unas jornadas de hastío e inmundicia consumiendo helados de palito Laponia (el estatal prefiere las marcas anacrónicas que le recuerdan a un pasado que ya no existe, en el cual su vida todavía no era presa de una "beca de por vida"), sánguches promocionados como “PBT” y llevando a los niños a aburrirse como ostras en la calesita en la Plaza principal -cuya habilitación es severamente cuestionada dado que el chirrido de sus piezas oxidadas dejó un saldo de tres padres con ACV- y cuyo dueño, siempre un pobre diablo apodado "Don algo" se la pasará contando historias deprimentes y horrendas. Lo que se dice, un poco de aire fresco.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Estación Retiro vs. Aeropuerto de Ezeiza


Como en todo orden de la vida, existen los extremos, las ideas antagónicas y las divisas rivales. Si sos de izquierda o de derecha. Si sos católico o judío. De River o de Boca. Rubio o morocho. Rico o pobre y tantísimos ejemplos más. Pero hay uno el cual vamos a zambullirnos de cabeza para bucear en la profundidad de los mares de estas dos fuerzas opuestas. Las empleadas estatales y las privadas. Es oportuno remarcar que, cada una es tan necesaria de la otra para afirmar aún más la diferencia. Como premisa, expongamos el caso de muchachitas de ambos trabajos, entre 20 y 30 años de edad.

Para dar inicio a la cuestión, empecemos como debe ser por los nombres. En el caso de las empleadas estatales, sus nombres navegan entre los Gisela, Romina, Verónica, Mariela y si es más veterana jamás faltan las Mirta y Cristina. Como contrapunto, en las oficinas privadas encontramos a chicas tales como Pili, Agus, Chechu, Dolo, Ine, Sofi, etc. Por otro lado, generalmente la empleada estatal lleva dos y hasta tres nombres intentando impactar y dejar de sentirse menos, ejemplo: Noemí Gladis Roxana Galván…(PUAJ!!) Mientras que la empleada privada lleva lo opuesto, un solo nombre, fuerte y seguro y dos apellidos, ejemplo: Elenita Díaz Braun o Delfina Alvarez Toledo.

Lo que es clarísimo son lo berreta de los apellidos de las empleadas estatales. Si te encontrás haciendo un trámite y esperás sentado mientras llamas por los altoparlantes, al toque sabrás quien es empleada estatal y quien privada. Si escuchás por ejemplo: “Señorita Vanesa Obregón, presentarse en ventanilla 8”…Obregón, Obregón…¿no suena a bombo de manifestación? Sí!!, acertaste, Vanesa Obregón es empleada estatal. Ni hablar si tiran un Roldán o un Leguizamón.
Otro tema tremendo son los diferentes cursos vacacionales que toman unas y otras. De más está decir, la minita estatal sólo conoce las playas de la costa atlántica. San Clemente, Mar del Tuyu y Santa Teresita son las preferidas, pero tienen como icono de playa ilustre a las Toninas.

Detengámonos en un detalle concluyente. Todas, pero todas las empleadas estatales tiene cara, aspecto y onda de estación Retiro. Vos las ves y es como que fueron concebidas para caminar las plataformas de los trenes y ómnibus, llevando a cuestas mochilas de 20 pesos y corriendo desesperadas para que no se les escape el tren o micro. Obvio, no tiene plata para costearse otro. ¿Punta del este?, jajajaja, poooobre. La minita estatal sólo la ve una vez por año por TV cuando Robert Giordano hace los desfiles en verano, pero como siempre son de noche al fin de cuentas no ve un carajo.

En cambio, las chicas de empleos privados, nacieron para caminar los pasillos de Aeroparque o Ezeiza, listas para el checking y cargando un carrito con no menos de dos fuertes maletas importadas adquiridas en un viaje al exterior con sus amigas después de recibirse en la facultad. Si por esas cosas tontas de la vida, cae al aeropuerto Ministro Pistarini una empleada estatal, automáticamente quienes se hayen haciendo el checking, les gritarán: “juira!, bicho, juira!!

Otras de las diferencias muy notorias es el cabello. El pelo en las empleadas estatales es grueso, de un teñido mal hecho que cuando hay humedad se va desmejorando minuto a minuto y termina con los pelos parados y revueltos como si se hubiera peinado con cuetes. Ninguno de los accesorios para el pelo de una empleada estatal vale más de 5 pesos, te lo aseguro. En cambio, la empleada privada, linda de cabellos oscuros o rubios, pero lacios, por más que la humedad sea del 200% se mantendrá intacta como una modela de Panten.

Si nos introducimos específicamente en giros idiomáticos, voy a traer a este relato un solo ejemplo. Si una minita estatal te agradece un gesto o una gauchada tuya, te dice “JOYYYA”, dejando en claro una buena patinada de la “ye”. ¿Hay palabra más grasa y decadente que “joya”? No, claro, que no. Mientras que la señorita privada, el mismo gesto te lo agradece diciendo: “Gracias, boló”.

Por último, quiero hacer hincapié en el escritorio de una empleada estatal y una privada. Por encima de legajos viejos, desteñidos, tazas con Mickey del año ‘80 y demás porquerías, seguro vamos a encontrar un mate, yerba y azúcar esparcidos por todo el teclado de una computadora Pentium II y sin memoria, y un monitor que ya perdió los colores y se ve en tonalidades de verde con un protector de pantalla como si fuera un mosquitero. Clips, gomitas, abrochadora, pisapapeles, un termo, vizcochitos de grasa Don Satur, corrector seco, bolsas de nylon donde traen la comida que les sobró anoche, un paraguas porque en día de lluvia gotea el techo, etc, merodean el escritorio sin mucho sentido ya que la minita estatal lee preferentemente Paparazzi o Revista Pronto. En cambio, en el escritorio de una empleada privada, que generalmente es de madera wengue, no hay mucha cosa. Una súper laptop, dos teléfonos celulares, uno de línea, una pequeña lámpara dicroica, alguna que otra masita seca y tés marcas Lipton o Twinings. Todo supervisado por una moza o mozo de piso.

Podemos seguir agregando más y más diferencias, como lugar donde viven, como viaja cada una, los modos de hablar, donde salen una y otra, la ropa con que se viste, etc. Lo que queda como reseña final, es que la minita del estado está es puesto de trabajo en “Estado” vegetativo, mientras que la privada, justamente no se “priva” de nada y goza de la vida.

martes, 3 de noviembre de 2009

Justicia Poética


X y X. Dos notas musicales. Dos notas musicales que suenan en el inicio de una de las canciones más famosas y emblemáticas de Radiohead. Dos campanadas para ser más exactos. Tan poderosa es la canción alegada que -datos al paso- la escogieron para musicalizar el primer capítulo de la 6ta temporada de Dr. House (si, hay mucho estatal que te mira DR. House, no soy la excepción a la regla) y, tocada “ao vivo” por la mencionada banda el 24 de Marzo de éste año, arrancó lágrimas a quien suscribe y a miles de fans más. Para los que no lo hayan adivinado ya (y por lo tanto no tienen mucha idea de “de qué la va la música las últimas dos décadas”) me estoy refiriendo a la poderosa y venerada NO SURPRISES. Ahora bien “¿Qué carajo tiene esto que ver con la estatalidad? ¿Esta gilada no giraba en torno a las quejas de dos niñas ricas con angustia que se habían embarcado en la tarea de ser empleadas públicas?” se preguntaran… TODO TIENE QUE VER CON TODO.

Cuando uno cree que Jebuz agotó la cuota de agridulces paradojas que le depara la vida al estatal (basta nomás citar el anterior post sobre la palabra mantenimiento y su semántica), llega una mas. La más poética de las patadas en el trasero, para quien tenga aún sensibilidad en el poto: el Gerente de la dependencia donde desempeña tareas el agente que suscribe ha adquirido un timbre para llamar a su personal y si, como lo pueden sospechar, las dos notas que toca son X y X.

Sin entrar en análisis sobre el arcaicismo que representa tener un timbre en vez de cualquier otro medio de comunicación interna más digno y respetuoso para el personal (que no sabía que al ingresar a la planta permanente había también comprado un pasaje en el Delorean al siglo XVII) pregunto: ¿No es irónico que el timbre del “jefe” (Coordinador, Encargado de área, Ministro, como sea que se pueda denominar al superior en la dependencia correspondiente) te recuerde todo el santo día a una canción que te conmueve, entre otras cosas porque contiene la frase “un empleo que lentamente te asesina” y pide que haya silencio?

miércoles, 28 de octubre de 2009

Una cuestión lingüística




Uno de los elementos más apreciado por un estatal parecería ser que son las cosas que no funcionan o que podrían estar incompletas o rotas. Pero hay que entender que no se debe a una simple afición por coleccionar fósiles, ni en una visión de futuro que le permite predecir aquellos artículos que en algunos años tendrán un valor incalculable por excéntricos coleccionistas orientales.

La verdad esta muy cerca de nosotros y se debe solo a una cuestión lingüística, un amor que tiene el estatal por el apropiado uso de todas las palabras. Todo empleado de alguna dependencia del estado tiene en su poder o en sus alrededores un teléfono que no funciona, un baño cuyo asiento esta roto, un caño que pierde, los estantes de un armario que simplemente se desplomaron, etc. y cuando esto se inició quizás fue su ingenua intención encontrar la forma que aquello vuelva a su estado original, o al menos solucionar el desperfecto.

En busca de su sueño anhelado, ya que los sueños de su vida se apagaron al cruzar la puerta de la oficina pública, se dirigirá al sector correspondiente para sentir que un deseo en su vida podía ser cumplido. El más ingenuo lo hará personalmente, el más experimentado lo hará por nota, y el verdadero experto, aquel a quien todos van con sus consultas como un verdadero gurú de la estatalidad iniciara un expediente por mesa de entradas.

En realidad todo esto es indiferente porque todas las estrategias están dirigidas hacia el mismo sector. He aquí la revelación de la lingüística pura, aquella con la que soñaban Saussure o Peirce: todas estas demandas irán a parar a “mantenimiento”, claro… mantenimiento, no reparación o restauración o renovación, sino mantenimiento. Esta claro que su fin último es ser los granaderos del status quo, si algo se rompió utilizarán todos sus recursos y esfuerzo para que continúe roto, saber esto siempre será útil para un estatal. Nunca, nunca intentarán cambiar algo, su función es trabajar junto con el universo, y si el universo ha decidido que aquella puerta no cerrara bien, pues así será y así deberá ser por el resto de los días.

Estos protectores del destino de las cosas no descansarán jamás, evitarán cualquier llamada, nota, expediente u oficio, todo lo que implique ir en contra del curso natural del karma de los objetos inanimados y lo cierto es que ellos son “mantenimiento” y de eso hacen su mundo.

Dime lo que comes y te diré dónde trabajas


El estatal, por definición, jamás consume primeras marcas de alimentos. Es más, en numerosas oportunidades se encuentra a sí mismo preguntándose cosas como: "¿Desde cuándo Agnú es marca de saquitos de té?", o bien "juraría que nunca había visto Leche en Polvo Gingeré antes".

Es que el empleado público, desde el primer día que pone su vida al servicio del Estado, se vuelve preso de compras desactualizadas, precarizadas y de bienes obsoletos que el 96 por ciento de la Población Económicamente Activa de la Argentina eligió no consumir o la Organización Mundial de la Salud recomendó evitar.

Tras bambalinas, el Todopoderoso que digita las compras de alimentos y otros productos de consumo personal, devenido en una eterna reedición de la Caja PAN, normalmente no es otro que una señora mayor -muy mayor- (sospechosamente mayor) cuya cultura permanece aferrada a una idiosincracia que apuesta a la austeridad como forma de ahorro preventivo en caso de guerras mundiales o nucleares que obliguen esconderse en búnkers ad eternum y/o la explosión de una guerra de guerrillas encabezada por Rojos con intenciones de someternos al trabajo esclavo más ruin y despiadado alegando "equidad social".

Así es que en la mesita auxiliar -archivero de metal, ex escritorio y/o caja de Comodre 64- que todo empleado público posee en su oficina, nunca faltarán alimentos no perecederos como leche en polvo, azúcar -kilos de azúcar!-, mate cocido, polvo "al gusto de café" cuyo isologotipo es inpronunciable para cualquier cristiano de habla hispana y, en las dependencias más generosas, galletas marineras en sobres de a dos unidades (2) que ostentan su fecha de vencimiento en el 2017.

No obstante, curiosamente, al segundo o tercer día que llegan los insumos para abastecer la dichosa mesita, cada quien se acopiará de cantidades industriales de estos productos a sabiendas de que claramente no los necesita ni realmente los desea. Ojo, este ya clásico "me llevo un par para casa" también se hace extensivo a otra clase de elementos como resaltadores, biromes, resmas de papel, sillas, teléfonos, pantallas para pc y -los más obscenos- escritorios y otros mobiliarios de oficina. Por esto, el estatal está destinado a ser un eterno desabastecido.

martes, 27 de octubre de 2009

Una birome azul, nada mas...


Entre aquellas tareas que hacen a la estatalidad se encuentra la provisión de los elementos de trabajo, algo simple para cualquier ser humano… en principio.
Pensar en una birome le resulta la tarea más sencilla del mundo a una persona común y corriente, nadie podría creer que entre las tareas más difíciles que le depara la vida va a estar conseguir el tan mundano elemento. La búsqueda de la felicidad o hasta el santo grial podrían resultar, al menos, tareas más gratificantes... Pero no, conseguir una simple y ordinaria birome resultará más complicado que remar en dulce de leche.

A primera vista quien lee podría preguntarse: ¿Por qué si es tan complicado conseguir la bendita birome no la compra uno y se ahorra el problema? Pues la respuesta es sencilla: el empleado público debe estar entrenado para las tareas más intrincadas. Es parte de su entrenamiento básico para luego no sentir el menor remordimiento cuando deba decirle que no a algún pobre diablo que solo quiera completar un ridículo trámite.

Pues bien, asirse de la birome no será tarea fácil. Por supuesto que podría ir a otra oficina y llevarse por “error” alguna de esas joyas de la escritura moderna o quizás simplemente traer de su casa aquel implemento tan preciado que una vez se llevó pensando “para que voy a parar a comprar una birome y perder tiempo… me llevo la de la oficina pública que se queda con mi vida”. Claro que una birome a cambio de la vida no parece un cambio justo, pero es de las pequeñas cosas de las que vive un empleado estatal.

A este estado de perversión llega la estatalidad, aquella pequeña victoria que fue llevarse una insignificante birome ahora se transformará en su calvario.
Entonces comienza el camino que parece más lógico, simplemente dirigirse a la oficina de suministros y pedir una. En aquel lugar conoceremos a los seres más bajos en la cadena alimenticia del ecosistema estatal, aquellos que nos harán sentir todo el poder de la administración pública y se nutren de la desesperanza ajena. Ante el inocente pedido veremos que una media sonrisa se dibujará en el rostro de nuestro interlocutor y en ese mismo momento en que reconocemos el gesto nos damos cuenta que muchas cosas podrán pasar en los minutos siguientes menos una: que nos den el buscado adminículo de librería. Nos acosarán con todo tipo de argucias, nos demandarán mail, memorando, orden de compra o cualquier otra herramienta administrativa, si hemos sido lo suficientemente hábiles estaremos muñidos de alguno de esos papeles, pero no de todos y justamente ese será el que falte para nuestro objetivo.

En el primer intento nos iremos con nuestra cabeza en alto, volveremos a nuestro lugar de trabajo e intentaremos restituir nuestro honor negándole a algún orate que se nos cruce aquello que está buscando, solo para sentir que podemos hacerlo (y así resarcirnos un poco con nosotros mismos). Hecho esto nos dirigiremos nuevamente al sector de las tinieblas, o “suministros” (las comillas se deben a que rara vez suministran algo verdaderamente) y el acólito del diablo nos volverá a sonreír al vernos.

Esta vez tenemos todo: mail, memorando, orden de compra, últimos tres recibos de sueldo y alta de la revisación médica para la pileta (fundamental al parecer). Al entregar todos los papeles notamos que la sonrisa se expande un poco más, pero ahora la acompaña un gesto hecho con las cejas. Sentimos que algo no esta bien pero no sabemos qué... Pero el misterio se revelará enseguida porque al parecer no hay biromes porque no entró el pedido, o quizás nos dicen que deben verificar en el archivo cuantas biromes se han retirado del sector y por qué no que, simplemente, "nunca se pidieron biromes azules" sino que son todas negras. Ante tal posibilidad sentimos una falsa sensación de alivio, falsa porque todos nuestros papeles dicen “birome azul” y no “birome negra”, y nuevamente el cancerbero de la administración pública ha ganado, nos ha superado.
Ya de vuelta, abatidos y desconsolados nos damos cuenta que podemos seguir con ese sentimiento de frustración absoluta o tomar la experiencia como una enseñanza. ¿Y qué mejor que ponerla en práctica con algún otro infeliz que, como nosotros hace instantes, sólo quiere algo insignificante como una birome azul?

Un establo de burócratas


Quien haya entrado alguna vez a la Unidad Administrativa de Control de Faltas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires con ojo lego en materias de estatalidad habrá absorbido sin censura previa toda la fauna y flora que en una dependencia semejante se puede encontrar.

En un lugar así la estatalidad se cuela por los poros hasta dejar un tufillo que varias cuadras más tarde y ya lejos del edificio todavía se huele en la transpiración. Es olor que emanaría un establo lleno de burócratas digamos, con sus respectivos utensilios administrativos y variopintos elementos que hacen al folklore de la vida estatal. A saber: biblioratos, archiveros de metal despintados, carteles y pegatinas perennes de gremios diversos, almohadillas para sellos con la tinta más reseca del mundo mundial, gente fea (mucha gente fea), chalecos de lana con olor a naftalina y sesentonas teñidas de pelirrojo con algo similar a un fuseau debajo del delantal de ordenanza… y polvo, toneladas de polvo acumuladas a lo largo de la historia del mismísimo edificio.

Esto, que no es más que lo esperable de cualquier recinto en que funcione un ente “que solventamos todos nosotros” puede agredir todos juntos y de un saque los 5 sentidos de un sujeto no estatal… pero no es nuestro caso.

Cuando un estatal visita una dependencia municipal siente familiaridad de entrada, una melancolía que lo une a esos otros seres semi-secos por dentro, raza a la que uno pertenece (por lo menos en horario de atención). La confusión general de la dependencia municipal al estatal no lo amedrenta.

Identifica rápidamente al guardia de seguridad con cara de haber llegado más lejos en la escalera educativa y arremete. Papelito en mano pregunta derecho viejo y sube hasta el primer piso.

Allí, como una imagen sacra se despliega ante él un pasillo inmundo, con los tubos de luz más gris que se pueden imaginar. Y boxes, 120 metros de boxes a izquierda y derecha, caballerizas de agentes y controladores que en vez de estar rodeados de fardos de alfalfa están rodeados de legajos, remitos, memorandums, menúes viejos de los bares aledaños, faxes amarillentos y resaltadores.

Y el estatal entiende entonces que somos como primos, que muncipales y estatales somos como herefords y aberdeen angus, no importa el color o la función, todos masticamos todo el santo día.

Estando de visita en éste Haras del horror, viendo a nuestros “pura sangre” desplegar su máximo potencial de estatalidad me sentí como en casa de unos tíos lejanos, y como buen estatal me las apañé para conseguir un mate.

No hay lugar como el hogar



La dependencia estatal es, por definición, un lugar horrendo donde prima el mal gusto, la baratija -es muy estatal adquirir baratija innecesaria proveniente de una mutual sindical y/o sacrosanto Sector de Insumos- el descuido y el linyerismo como actitud frente a todo lo que a materia edilicia e inmobiliaria respecte.

Ya sea que hablemos de un ministerio, una secretaría, un ente regulador o una entidad educativa, el lugar "ao vivo" presentará irremediablemente muebles y artefactos rotos y remachados hasta límites ridículos y obscenos que sólo serán reemplazados una vez que la estructura remendada, por sí misma, ponga el riesgo la vida del propio personal estatal.

Es innegable: toda dependencia estatal cuenta con infraestructura de mal gusto, dado que "como es de todos y a nadie le importa y por tanto nadie jamas nunca lo va a cuidar entonces, licitación mediante, compremos lo más barato y villa que encontremos o se nos presente en el camino".

Así es como llegan los rapi estant a borbotones, los escritorios-tablones-caballetes que se despliegan como ícono del fordismo más despiadado para satisfacer a los 75 empleados públicos que braman por un lugar propio en su oficina, los archiveros -el Estado archiva TODO- de metal marrones y/o grises que sólo se continuaron haciendo para la demanda estatal porque en cualquier otro lugar del mundo y de la vida ya se subieron a la cautivadora ola de "archivos digitales informáticos", las cortinas de papel y/o latón extra-abollable y sillas de rueditas provenientes de Pyongyang cuyas rueditas parecen haberse extraviado en el container y el reclamo pende desde 1997 en la Bandeja de Salida del departamento correspondiente.

El baño del estatal merecería un capítulo aparte. Inexplicablemente, el toilette de cualquier dependencia pública es un tiradero digno de un grupo de seres sucios, sin cultura, sin higiene propia y cualquier clase de respeto por otro ser viviente de nuestro ecosistema. Cómo se explica, sino, que el baño de un estadio de fútbol, al que concurren miles de personas distintas por día sea comparable a un excusado estatal, que sólo lo utilizan quienes allí trabajan?

Es que para el estatal -en el fondo indignado por que le soliciten labores "cuando deberían agradecerle por venir a trabajar sabiendo que podría gerenciarse una orden médica apócrifa para pedir alguna licencia que lo dispesne por unos meses"- el lugar donde trabaja es su propia prisión. Descuidar sus bienes de uso laboral es el modo que encuentra el empleado público para manifestar su desacuerdo con el sistema que lo fagocita.

lunes, 26 de octubre de 2009

Trivia Estatal - I


¿Qué dependencia estatal solía ser un hotel alojamiento?

El estatal te fuma - I

Lotita dice:
te conte que ayer la estatal se enfrentó a la amenaza de un murcielago en la oficina??

Solcito dice:
no era una rata? o hay ambas cosas alli?

Lotita dice:

resulto tener alas alas. Las desplegó ante mi..

Solcito dice:

ah...acá hay ratas por eso. Y qué hiciste?

Lotita dice:Cerramos la puerta y lo dejamos del lado de afuera

Solcito dice:
yo lloro, le doy con el primer implemento estatal que vea (PC de año AC), teléfono de entel o guía telefónica de 1986, etc

Lotita dice:
Mientras estaba del lado de afuera, llamé al Pasteur

Solcito dice:
LLAMASTE AL PASTEUR?

Lotita dice:
JAJAJAJAJAJAJAJA

Solcito dice:
JAJAJAJAJAJAJAJAJJAJAJA

Lotita dice:
seeee

Solcito dice:
yo lo hubiera dejado ahi. Y qué te dijeron?

Lotita dice:
MUY ESTATAL LO MIO

Solcito dice:
seee llamar al Pasteur habla de una estatalidad nata. Y qué te dijeron?

Lotita dice:
jajajaja
“llamar al Pasteur habla de uina estatalidad nata”. Me mató tu frase.

Lotita dice:
Me dijeron que lo venían a buscar hoy a la mañana

Solcito - "Llamar al Pasteur habla de una estatalidad nata" dice:ah, sigue ahi el pobre e infeliz bicho?

Lotita dice:
jajajajaja, nooo, pero nadie se lo llevó. Excepto Dios, de esta vida miserable


Solcito - "Llamar al Pasteur habla de una estatalidad nata" dice:dejar un murcielago en cautiverio y a la intemperie habla de una estatalidad brutal tb

Lotita dice:
Cómo se puede estar en cautiverio y a la intemperie si sos un muercielago???
de hecho pareciera que escapo, maldito zangano

Solcito - "Llamar al Pasteur habla de una estatalidad nata" dice:AH MURIO. MATASTE UN MURCIELAGO. MATAR UN MURCIELAGO ES EL SIMBOLO DE LA ESTATALIDAD MAS ATROZ!

Lotita dice:o de Batman...

Solcito - "Llamar al Pasteur habla de una estatalidad nata" dice:
Lo dejaste morir por pajera estatal!!!!

Lotita dice:JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA
SOMOS TERRIBLES PARA LA FAUNA Y LA FLORA

Solcito - "Llamar al Pasteur habla de una estatalidad nata" dice:JAJAJAJA NOS CHUPA UN HUEVO PORQUE LA FAUNA Y LA FLORA PÂSAN; LO Q QUEDA ES LA PLANTA PERMANENTE

Lotita dice:JAJAJAJAJAJAJAJAJJAA
JAJAJAJAJAJAAJAJAJAJAJAJAJA
JAJAJAJAJAAJJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA
que buen concepto el de "planta permanente"
JAJAAJAJAJAJAJA

Solcito - "Llamar al Pasteur habla de una estatalidad nata" dice:se, es como lo q rige tu vida. Tu norte eterno

Lotita dice:jajaja
excelente. Te imagino del otro lado, querida estatal, con la misma cara que yo

Solcito - "Llamar al Pasteur habla de una estatalidad nata" dice:y Ya laburaremos en la misma dependencia...

Lotita dice:de "gracias que vine,,,"

Solcito - "Llamar al Pasteur habla de una estatalidad nata" dice:En pijama...clá

Lotita dice:el sueño de las amigas estatales: "laburar en la misma dependencia"

Solcito - "Llamar al Pasteur habla de una estatalidad nata" dice:somos el motor del pais

Lotita dice:me acaban de traer las empanadas

Solcito - "Llamar al Pasteur habla de una estatalidad nata" dice:me voy antes de hacer minutos extras que no van a pagarme

Lotita dice:yo voy a lastrar