miércoles, 4 de noviembre de 2009

Estación Retiro vs. Aeropuerto de Ezeiza


Como en todo orden de la vida, existen los extremos, las ideas antagónicas y las divisas rivales. Si sos de izquierda o de derecha. Si sos católico o judío. De River o de Boca. Rubio o morocho. Rico o pobre y tantísimos ejemplos más. Pero hay uno el cual vamos a zambullirnos de cabeza para bucear en la profundidad de los mares de estas dos fuerzas opuestas. Las empleadas estatales y las privadas. Es oportuno remarcar que, cada una es tan necesaria de la otra para afirmar aún más la diferencia. Como premisa, expongamos el caso de muchachitas de ambos trabajos, entre 20 y 30 años de edad.

Para dar inicio a la cuestión, empecemos como debe ser por los nombres. En el caso de las empleadas estatales, sus nombres navegan entre los Gisela, Romina, Verónica, Mariela y si es más veterana jamás faltan las Mirta y Cristina. Como contrapunto, en las oficinas privadas encontramos a chicas tales como Pili, Agus, Chechu, Dolo, Ine, Sofi, etc. Por otro lado, generalmente la empleada estatal lleva dos y hasta tres nombres intentando impactar y dejar de sentirse menos, ejemplo: Noemí Gladis Roxana Galván…(PUAJ!!) Mientras que la empleada privada lleva lo opuesto, un solo nombre, fuerte y seguro y dos apellidos, ejemplo: Elenita Díaz Braun o Delfina Alvarez Toledo.

Lo que es clarísimo son lo berreta de los apellidos de las empleadas estatales. Si te encontrás haciendo un trámite y esperás sentado mientras llamas por los altoparlantes, al toque sabrás quien es empleada estatal y quien privada. Si escuchás por ejemplo: “Señorita Vanesa Obregón, presentarse en ventanilla 8”…Obregón, Obregón…¿no suena a bombo de manifestación? Sí!!, acertaste, Vanesa Obregón es empleada estatal. Ni hablar si tiran un Roldán o un Leguizamón.
Otro tema tremendo son los diferentes cursos vacacionales que toman unas y otras. De más está decir, la minita estatal sólo conoce las playas de la costa atlántica. San Clemente, Mar del Tuyu y Santa Teresita son las preferidas, pero tienen como icono de playa ilustre a las Toninas.

Detengámonos en un detalle concluyente. Todas, pero todas las empleadas estatales tiene cara, aspecto y onda de estación Retiro. Vos las ves y es como que fueron concebidas para caminar las plataformas de los trenes y ómnibus, llevando a cuestas mochilas de 20 pesos y corriendo desesperadas para que no se les escape el tren o micro. Obvio, no tiene plata para costearse otro. ¿Punta del este?, jajajaja, poooobre. La minita estatal sólo la ve una vez por año por TV cuando Robert Giordano hace los desfiles en verano, pero como siempre son de noche al fin de cuentas no ve un carajo.

En cambio, las chicas de empleos privados, nacieron para caminar los pasillos de Aeroparque o Ezeiza, listas para el checking y cargando un carrito con no menos de dos fuertes maletas importadas adquiridas en un viaje al exterior con sus amigas después de recibirse en la facultad. Si por esas cosas tontas de la vida, cae al aeropuerto Ministro Pistarini una empleada estatal, automáticamente quienes se hayen haciendo el checking, les gritarán: “juira!, bicho, juira!!

Otras de las diferencias muy notorias es el cabello. El pelo en las empleadas estatales es grueso, de un teñido mal hecho que cuando hay humedad se va desmejorando minuto a minuto y termina con los pelos parados y revueltos como si se hubiera peinado con cuetes. Ninguno de los accesorios para el pelo de una empleada estatal vale más de 5 pesos, te lo aseguro. En cambio, la empleada privada, linda de cabellos oscuros o rubios, pero lacios, por más que la humedad sea del 200% se mantendrá intacta como una modela de Panten.

Si nos introducimos específicamente en giros idiomáticos, voy a traer a este relato un solo ejemplo. Si una minita estatal te agradece un gesto o una gauchada tuya, te dice “JOYYYA”, dejando en claro una buena patinada de la “ye”. ¿Hay palabra más grasa y decadente que “joya”? No, claro, que no. Mientras que la señorita privada, el mismo gesto te lo agradece diciendo: “Gracias, boló”.

Por último, quiero hacer hincapié en el escritorio de una empleada estatal y una privada. Por encima de legajos viejos, desteñidos, tazas con Mickey del año ‘80 y demás porquerías, seguro vamos a encontrar un mate, yerba y azúcar esparcidos por todo el teclado de una computadora Pentium II y sin memoria, y un monitor que ya perdió los colores y se ve en tonalidades de verde con un protector de pantalla como si fuera un mosquitero. Clips, gomitas, abrochadora, pisapapeles, un termo, vizcochitos de grasa Don Satur, corrector seco, bolsas de nylon donde traen la comida que les sobró anoche, un paraguas porque en día de lluvia gotea el techo, etc, merodean el escritorio sin mucho sentido ya que la minita estatal lee preferentemente Paparazzi o Revista Pronto. En cambio, en el escritorio de una empleada privada, que generalmente es de madera wengue, no hay mucha cosa. Una súper laptop, dos teléfonos celulares, uno de línea, una pequeña lámpara dicroica, alguna que otra masita seca y tés marcas Lipton o Twinings. Todo supervisado por una moza o mozo de piso.

Podemos seguir agregando más y más diferencias, como lugar donde viven, como viaja cada una, los modos de hablar, donde salen una y otra, la ropa con que se viste, etc. Lo que queda como reseña final, es que la minita del estado está es puesto de trabajo en “Estado” vegetativo, mientras que la privada, justamente no se “priva” de nada y goza de la vida.

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