Quien haya entrado alguna vez a la Unidad Administrativa de Control de Faltas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires con ojo lego en materias de estatalidad habrá absorbido sin censura previa toda la fauna y flora que en una dependencia semejante se puede encontrar.
En un lugar así la estatalidad se cuela por los poros hasta dejar un tufillo que varias cuadras más tarde y ya lejos del edificio todavía se huele en la transpiración. Es olor que emanaría un establo lleno de burócratas digamos, con sus respectivos utensilios administrativos y variopintos elementos que hacen al folklore de la vida estatal. A saber: biblioratos, archiveros de metal despintados, carteles y pegatinas perennes de gremios diversos, almohadillas para sellos con la tinta más reseca del mundo mundial, gente fea (mucha gente fea), chalecos de lana con olor a naftalina y sesentonas teñidas de pelirrojo con algo similar a un fuseau debajo del delantal de ordenanza… y polvo, toneladas de polvo acumuladas a lo largo de la historia del mismísimo edificio.
Esto, que no es más que lo esperable de cualquier recinto en que funcione un ente “que solventamos todos nosotros” puede agredir todos juntos y de un saque los 5 sentidos de un sujeto no estatal… pero no es nuestro caso.
Cuando un estatal visita una dependencia municipal siente familiaridad de entrada, una melancolía que lo une a esos otros seres semi-secos por dentro, raza a la que uno pertenece (por lo menos en horario de atención). La confusión general de la dependencia municipal al estatal no lo amedrenta.
Identifica rápidamente al guardia de seguridad con cara de haber llegado más lejos en la escalera educativa y arremete. Papelito en mano pregunta derecho viejo y sube hasta el primer piso.
Allí, como una imagen sacra se despliega ante él un pasillo inmundo, con los tubos de luz más gris que se pueden imaginar. Y boxes, 120 metros de boxes a izquierda y derecha, caballerizas de agentes y controladores que en vez de estar rodeados de fardos de alfalfa están rodeados de legajos, remitos, memorandums, menúes viejos de los bares aledaños, faxes amarillentos y resaltadores.
Y el estatal entiende entonces que somos como primos, que muncipales y estatales somos como herefords y aberdeen angus, no importa el color o la función, todos masticamos todo el santo día.
Estando de visita en éste Haras del horror, viendo a nuestros “pura sangre” desplegar su máximo potencial de estatalidad me sentí como en casa de unos tíos lejanos, y como buen estatal me las apañé para conseguir un mate.
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