
Sólo dieciocho horas. Dieciocho malditas horas con sus estúpidos minutos y sus sádicos y escasos segundos. Eso, no más, fue lo que duró sin romperse el identificador de huellas dactilares -otrora reedición de máquina lectora de código de barras para productos que aplicada al empleado público no hace más que confirmar su condición de objeto inanimado- que compraron en esta dependencia para fichar el horario de entrada y salida de los empleados que allí cumplimos a diario nuestro jornal.
Como si se tratara de un agujero negro, de un triángulo de las bermudas clase B, todo insumo nuevo que apueste a un cambio, renovación o mejoría de la oficina será automáticamente saboteado por alguna fuerza extraña e inexplicable que logrará averiarlo ridículamente en un lapso de tiempo inverosímil y obsceno. Todo lo que ingrese, no tardará más que algunas horas en romperse y dejar de servir por la más absoluta eternidad.
Tal vez sea por el descuido sistemático de los empleados públicos, que carecen de todo tipo de respeto por el material de trabajo ("Total, no es mio"; "Yo no lo pago", etc.), o simplemente se deba a un hecho lógico y proporcional entre el nuevo insumo en cuestión y la cantidad de personas que pretenden usufructuarlo (una dependencia pública siempre tiene más empleados de los que necesita y de los que, sanamente, podría albergar en su seno).
Y de más está decir que aquel artefacto que presenta un desperfecto está destinado, irremediablemente, a permanecer eternamente como un depositario de polvo sin que nadie vuelva siquiera a intentar hacerlo funcionar (Ver post al respecto).
Tal es así que nuestro identificador de huellas dactilares ahora adorna la pared de entrada a mi oficina, mientras la persona apostada en la puerta de ingreso se hace a la idea de que deberá seguir completando, de su puño y letra, y por no menos de 25 años más, el horario de llegada y salida de cada empleado estatal mientras añora, con angustia y recelo, aquellos dieciocho gloriosos minutos en los que pudo sentirse parte del progreso.
Jajajaja! Igual qué mezcla de miedo, vértigo e ilusión nos genera a los estatales la idea de dejar de ser obsoletos, no? "Si no escribo más en la puta planilla todos los putos nombres de los empleados every fuckin day, QUIEN SOY??" se pregunta el tipo que hace 25 años cumple esa funcion en la reparticion...
ResponderEliminarSomos nada. Eso es lo que pasa.
ResponderEliminar"Tal vez sea por el descuido sistemático de los empleados públicos, que carecen de todo tipo de respeto por el material de trabajo ("Total, no es mio"; "Yo no lo pago", etc.)" ---> LO PAGAMOS TODOS NOSOTROS CON NUESTROS IMPUESTOS, esta frase q aqui les dejo bien podria haber sido esbozada de la boca del basico de clase media q todos llevamos dentro
ResponderEliminardejo un obsequio
ResponderEliminarhttp://marthaholgado.blogspot.com/
POR DIOR SI, SI, GRACIAS POR ESO!***
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